NIÑOS ANGUSTIADOS

NIÑOS ANGUSTIADOS

“Los adultos quieren comprender a los niños y dominarlos: deberían escucharlos” Francoise Dolto

Generalmente, cuando un niño en edad escolar presenta síntomas, los profesores son quienes lo detectan, se lo comunican a los padres,  y éstos llevan a su hijo con algún profesional para que le realicen un estudio. Luego, se da un diagnóstico (lamentablemente porque eso implica etiquetar al niño y no ver más allá de sus síntomas) y por último el niño es medicado o mandando a programas reeducativos.

En el caso de niños hiperactivos, un medicamento probablemente frenará esa “inquietud y exceso de actividad”, en otros casos, se recomendarán intervenciones que tengan como finalidad  “educar el síntoma”, esto es brindar estrategias para modificar la conducta. Padres y maestros, al sentirse confundidos y desesperados, aplicarán recompensas y castigos,  le explicarán al niño por qué debe mejorar en la escuela, por qué no debe portarse “mal”. Muchos padres llegan con la demanda de que su hijo pase de año, otros, piden que se haga algo para que deje de ser tan rebelde y grosero, para que se esté quieto y sea “obediente”. Así, el bienestar del niño será, la mayoría de las veces, formulado en función de lo que el adulto quiere. Pero ¿Y el niño? ¿Qué hay detrás de sus síntomas?

Durante la infancia y la niñez, el desarrollo físico y psicológico se estructura, es ahí cuando se van quedando grabadas las primeras experiencias de amor y de dolor, las primeras desilusiones y gratificaciones, se adquiere el lenguaje y se van internalizando las normas sociales.  El ser humano nace con potencialidades que se podrán estimular o frenar de acuerdo a los cuidados y límites que establezca la familia.

¿Qué hacer cuando los niños presentan síntomas?

Para empezar, hay que saber que el síntoma expresa un conflicto, como seres humanos tenemos la necesidad y la facultad de expresar el dolor emocional de alguna u otra forma. El niño, al ser aún pequeño, difícilmente lo expresará con palabras, ya que muchas veces ni siquiera entiende qué le pasa. Lo segundo, es no culpabilizar a nadie; el comportamiento de un hijo es producto de una dinámica familiar que hay que entender para poder hablarla y cambiarla. Por último, es necesario escuchar al niño, ayudarlo a poner en palabras aquello que lo angustia, lo entristece o lo enoja. En este punto, muchas veces es recomendable el acompañamiento de un psicoterapeuta que no pretenda solamente reeducar o quitar síntomas, sino que verdaderamente comprenda que ese pequeño ser sufre y necesita de alguien que le ayude a expresar ese sufrimiento que le impide convivir, estudiar, crear y jugar. Seguramente así estará en la posibilidad de hacerlo.

Claudia Rodríguez Acosta

Psicoanalista